La leyenda de las Fuentes del Marqués y sus frías aguas

leyenda-fuentesEl tiempo en la época veraniega transcurre más lento. Los largos días, que extienden su luz hasta bien entradas las últimas horas de la jornada, hacen antojar que ésta no se acaba nunca; y los rigores meteorológicos del calor nos obligan a refugiarnos bajo las sombras y tomar abundante líquido para evitar los efectos más perniciosos de la canícula.

Los calores del estío también inflaman, en cierta manera, las pasiones que durante las nieves quedan en letargo, encadenadas y aguardando las templadas temperaturas para liberarse y prender en nuestra imaginación episodios sólo confesables a nuestros círculos más cercanos, o acaso ni eso, reservándolos sólo para la intimidad de nuestra mente. Es en las últimas horas de luz, quizás las primeras de oscuridad, en las que el mercurio se apiada de nosotros y desciende para obsequiarnos con las muy rogadas y frescas brisas nocturnas, cuando las pasiones y los fuertes sentimientos pujan por salir a flote, una vez superado el calor, para compartirlos y entregarlos a quienes juzgamos dignos destinatarios de ello. Pasiones como las que consumieron a una bella joven mora y un noble caballero templario que hollaron nuestra tierra caravaqueña con sus pies y cuyo amor, si bien hecho de pura llama, hizo sin embargo que las aguas de nuestro maravilloso paraje natural de Las Fuentes del Marqués quedasen frías, heladas como el acero. Gélidas como la muerte.

Viajemos hasta nuestro rico medievo. Caravaca ya estaba bajo la protección de nuestra Santísima Cruz; y su fortaleza, gobernando desde el cabezo más alto, guarecida por un valeroso destacamento de caballeros templarios que guardaban las tierras circundantes y a sus pobladores de las abundantes algaras moras que desde la vecina Granada asaltaban los campos de Caravaca para obtener botín y esclavos que llevarse de regreso a su califato. Uno de esos botines que se apropiaron los moros fue algo de incalculable valor para nuestras gentes: el paraje de Las Fuentes, manantial de agua de las tierras caravaqueñas desde tiempos perdidos en las brumas del pasado, origen de la vida de nuestro pueblo, lugar de solaz para aliviar los pesares del alma de cuantos reposaban en él. Semejante tesoro obraba entonces en posesión de un rico sayyid árabe que levantó allí su residencia estival, dotándola de un palacete y unos baños, a la manera musulmana, donde limpiar el cuerpo y el alma, allí donde hoy encontramos las Cuevas del Marqués, aprovechando las tibias aguas termales que discurrían en el subsuelo.

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Él era un joven noble, un bisoño caballero templario aún en esa edad en la que la felicidad por las pequeñas y grandes cosas de la vida duraba días enteros. Su última razón de alegría era el haber sido reconocido por la muy noble Orden del Temple como miembro de pleno derecho y haber sido designado a uno de los destinos más importantes del reconquistado Reino de Murcia, ese que llaman “Carabaca”, bendecida por la presencia de una Cruz de doble brazo hecha de las maderas donde el Redentor derramó su sangre para salvación de la Humanidad, y cuya leyenda decía que tal era su poder divino que logró la conversión de un reyezuelo musulmán en la mismísima torre de la fortaleza donde unos ángeles del cielo la descendieron entre halos e himnos sagrados. La felicidad del joven templario por formar parte de los protectores de aquel lugar, pues, no podía ser mayor.

Ella era una muchacha musulmana de extraordinaria belleza y dolorosa melancolía. La hija del rico sayyid, que poseía Las Fuentes, en Caravaca, muy cerca de territorio cristiano; un ricohombre musulmán al que dejaban en paz, pues buenos tributos pagaba a la Corona de Castilla para ello. La joven gastaba sus días en la solitaria placidez de Las Fuentes, inmersa en letras durante el día y descansando sus pies en las templadas aguas del paraje durante la noche, sin mayor compañía que los trinos de los verderones en las enramadas y las zambullidas de las carpas en las aguas. Cuidábala su padre como una perla, pues era el mayor tesoro de su corazón; y aunque trataba de procurarle dicha con libros, música, y otros entretenimientos, no podía borrar por completo la languidez del rostro de su hija, pues a pesar de todo, la soledad le hacía daño como un lento mal que enferma el espíritu.

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Sucedió que el joven templario, espoleado por la chanza de sus amigos de la fortaleza, aceptó el reto de someterse a la “novatada” típica por la que han de pasar todos los nuevos caballeros. Ésta consistía en pasar una noche completa encerrado a oscuras en uno de los aljibes que surtían de agua al castillo, uno que ya no se utilizaba por estar medio ruinoso, y que estaba vacío, por tanto. Y así se hizo. El noble Jorge, como se llamaba el templario bisoño, tras varias horas de encierro en la oscuridad, comenzó a inquietarse y a andurrear por el interior del aljibe. De forma afortunada, observó cómo una piedra se desprendía de la bóveda y, lleno de curiosidad, el joven Jorge investigó aquello hasta que dio con la entrada de un túnel que llevaba mucho clausurado cuyos sellos, por avatares del paso del tiempo, empezaban a desmoronarse. El intrépido caballero tomó una tea ardiendo y procedió por el túnel, el cual estaba poblado por pequeñas alimañas, telarañas, y demás vida que prospera en la falta de luz. Tras un largo y polvoriento paseo, el templario avistó claridad y se dirigió a la presumible salida del túnel. Oyó el correr de las aguas, la suave brisa del viento nocturno, y una voz, tan dulce que habría derretido hasta el escudo de hierro más duro, entonando una triste cancioncilla. Cuando Jorge emergió del pozo, oculto entre la frondosidad de los arbustos, sus ojos se cruzaron con los de Hayla, la melancólica hija del sayyid moro, que estaba sentada junto al arroyo; su voz enmudeció de la sorpresa, y el amor prendió como una chispa de inmediato, como si dos almas que llevasen mil años buscándose de repente se hubiesen encontrado.

Las Fuentes fueron testigos cada noche durante varias semanas de aquel verano del amor que se profesaron el valiente y joven templario Jorge y la cultivada y bella dama Hayla. Cada noche, al acabar las protocolarias oraciones y guardias, Jorge recorría el túnel que unía la fortaleza de Caravaca con Las Fuentes para encontrarse con su impaciente dama mora para intercambiar historias, risas, besos, caricias, y promesas de amor. El Templario mantuvo en secreto la existencia de ese túnel, quizás existente desde la época en la que los moros dominaban Caravaca y ahora olvidado, por miedo a que su alcaide le prohibiese verse con su amada musulmana y le reprobase de la Orden. Ella también mantuvo el secreto, y cada noche se deslizaba fuera del palacete de su padre para correr al encuentro de Jorge. Cada noche, durante muchas noches, Jorge y Hayla compartieron sus penas y alegrías, y se amaron tan dulce y ardientemente como sólo pueden hacer dos jóvenes llenos de vida, tiernos de espíritu, que sentían haber encontrado su destino en los brazos del otro. Pero el destino es azaroso, justo e injusto a la vez, y tenía reservada una última noche para la pareja de enamorados.

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Jorge había recorrido una noche más el túnel con la ilusión de encontrarse con Hayla y macharse juntos, construir un hogar lejos de las guerras de moros y cristianos, y vivir para siempre su amor. Así lo habían acordado. Hayla le esperaba como cada ocasión en el arroyo, junto al pozo oculto por el que vería emerger una vez más el rostro de su amado antes de poder contemplarlo cada noche y cada mañana durante el resto de sus días. Desgraciadamente, los superiores de Jorge comenzaron a sospechar de las prolongadas ausencias nocturnas del joven, así como el padre de Hayla, que llevaba algún tiempo observando cómo su hija salía en la oscuridad a hurtadillas del palacete. El alcaide de la fortaleza hizo unas pesquisas y acabó descubriendo el túnel en el interior del aljibe abandonado, a través del cual envió a un pequeño grupo de templarios en pos de Jorge para resolver ese misterio. El noble musulmán hizo lo propio, armando a varios de sus sirvientes con arcos y gumias por si les amenazaba alguna fiera salvaje de aquellos montes en la búsqueda de la chica.

El joven templario salió del pozo una vez más, la bella mora le recibió con besos, ambos se fundieron en un abrazo… y se desató la tragedia. Los compañeros templarios de Jorge salieron del túnel al mismo tiempo que llegaban los sirvientes del sayyid. Ambos grupos, sin mediar explicación y temiendo un ataque furtivo, se lanzaron uno contra el otro vociferando el nombre de su Dios. Jorge permaneció inmóvil junto a Hayla, protegiéndola con su propio cuerpo, mientras sus compañeros intercambiaban aceros contra los hombres del sayyid. En medio de la confusión y el caos, el señor moro observó a su preciosa hija en manos de un templario, y temiéndose un rapto, cargó su arco con una flecha llena de desesperación, miedo e ira. El proyectil voló en dirección a Jorge… pero fue a atravesar el costado de su hija Hayla. La palidez se adueñó del rostro de la joven. Sus labios perdieron el color. Susurrando una última promesa a su amado Jorge, su cuerpo quedó inerte en los brazos del joven templario. Los ojos de éste se llenaron de espanto, su corazón quedó destrozado en mil fragmentos, y antes de que pudiese reaccionar, el sayyid, roto de dolor al conocer su terrible error, atravesó al paralizado Jorge con su espada. Ambos amantes, unidos en un abrazo eterno, cayeron al arroyo de Las Fuentes, cuyas aguas de repente perdieron su hasta entonces tibieza y se tornaron heladas, gélidas, como duelo perpetuo por el amor de los dos jóvenes amantes que abandonaron éste mundo prematuramente.

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El resto de la historia se pierde en la conjetura. Se dice que el sayyid, con el alma ensombrecida para siempre, abandonó Las Fuentes; los templarios reclamaron los terrenos del sayyid, derribaron su palacete, y levantaron un torreón en su lugar para guardar aquel bello paraje. El túnel, se dice, fue demolido y cegado para evitar males futuros, aunque muchos dudan de ésta parte. Los baños árabes de las Cuevas del Marqués dejaron de existir al haber perdido las aguas termales su temperatura templada. ¿Y qué ocurrió con los cuerpos de los amantes? Nunca se supo de ellos. Unos dicen que Dios se apiadó de los jóvenes y les transformó en agua en cuanto tocaron el arroyo; otros cuentan que sus cuerpos reposan en paz en el fondo de la fuente mayor del paraje natural, sepultados y unidos en su abrazo inmortal. Sólo hay algo seguro en ésta historia: Las Fuentes del Marqués han sido testigos de muchos episodios de la historia de Caravaca de la Cruz, y sus aguas heladas han sido durante siglos fuente de vida para sus habitantes, regando sus cultivos y apagando la sed de los sedientos. Respeta Las Fuentes del Marqués, visitante, pues son tierra de leyendas. Leyendas de nobles musulmanes y orgullosos caballeros cristianos. Y no temas beber de sus aguas, pues Las Fuentes las ofrece a todo el peregrino, y son tan puras como el amor de dos jóvenes inocentes, y tan imperecederas como las grandes historias que nos dan nuestra identidad como pueblo.

FIN

Nota: Éste texto es una versión particular de la historia que cuenta Juan Manuel de Villanueva Fernández en su libro Leyendas de Caravaca y Moratalla. Las leyendas sólo se mantienen vivas si se siguen contando con el paso de los años y así lo hemos hecho, a la manera de los antiguos bardos y limosneros, añadiendo detalles de nuestro gusto que en absoluto pervierten el fin y las conclusiones de la leyenda original.

2 pensamientos en “La leyenda de las Fuentes del Marqués y sus frías aguas

  1. Esta tarde he estado alli e imagine que ese bonito paisaje debia de terner una leyenda ………y efectivamente , que preciosa leyenda .

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